Gamboa ha caído. Y con él, una larga lista de vendehumos que durante años se han estado (y en muchos casos siguen) moviendo con impunidad por el ecosistema digital. Y no es sólo nombre o un caso. Es el síntoma más visible de un cambio profundo: el público ya no traga con cualquier discurso bien editado, ni con métodos reciclados, ni con promesas de crecimiento exprés vendidas como iluminación empresarial.
La noticia de su sentencia ha provocado sorpresa, sí, pero también algo más relevante: una especie de alivio colectivo. Como si, de repente, se hubiese hecho evidente lo que muchos ya intuían desde hace tiempo. Que algo ya no encaja. Demasiadas narrativas de marca personal están construidas sobre humo, sin base sólida, sin sustento profesional y mucho menos, sin realidad alguna.
Pero lo interesante no es él.
Lo interesante es el nuevo escenario que desde noviembre 2025 se está haciendo cada vez más patente en cuanto al recorrido de las marcas personales en internet. Y que viene pisando muy muy fuerte para 2026.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué ya no convencen como antes las marcas personales – generadores de contenido – influencers? Lo que ocurre es fruto de la profesionalización del entorno, afortunadamente. De un teatro repleto de profesionales muy lejos de ostentar el cargo de la ingeniuidad o el desconocimiento. La gente, los autónomos, los emprendedores sobre todo ya no compran ilusiones empaquetadas, ya no se deslumbran por un lifestyle calculado al milímetro. Ahora, todos, somos usuarios más informados, más atentos, más críticos. Sabemos diferenciar entre alguien que domina un tema y alguien que solo lo narra con convicción.
El público ha dejado de premiar la épica fácil y ha empezado a valorar la claridad. La coherencia. El pensamiento propio. Y esa madurez colectiva está dinamitando la versión antigua de la marca personal: la que dependía de la pose, del ruido y del personaje.
Por eso digo —y lo sostengo— que la marca personal no ha muerto. Seguiremos confiando en nuestros “ídolos” o mejor dicho, creando referentes (como se ha hecho siempre) pero, ahora todos queremos más de ellos. Toca reinventarse y rehacer la fórmula para mostrarnos y “ser comprados”.
Este es un cambio que no se puede esquivar y que, si sabes leerlo, puede colocarte en un lugar infinitamente mejor que el que ocupabas antes. Es el momento de trabajar tu marca personal más y sobre todo, mejor que nunca.
El modelo antiguo ya no funciona
La marca personal y su gestión en el entorno digital tal y como la conocimos entre 2015 y 2023 ha llegado a su límite. No puede más. No se traga más literalmente. Y no porque la idea haya perdido sentido: siguen siendo necesarios, como lo han sido siempre, los referentes y líderes; sino porque el formato se ha agotado, el ecosistema ha madurado y el usuario se ha vuelto mucho más exigente.
Lo que antes deslumbraba —mostrar vida, inspirar, compartir aprendizajes superficiales, parrafadas vacías— ahora se percibe como algo plano, sin base sólida y ya no se compra. Ya nada de esto es suficiente en un entorno absolutamente saturado, profesionalizado en exceso sin sustento y profundamente crítico.
Pero cuidado con equivocar el dilema y debate: La cuestión no es si la marca personal sirve o no sirve. ¡Por supuesto que sí!
El asunto radica en identificar qué versión de marca personal estás construyendo hoy y sobre todo, cuál queremos hacer – diseñar y mostrar de nosotros mismos como profesionales.
Y algo muy claro y directo: Tras mucho analizar, puedo comentarte de forma categórica que ahora mismo, si sigues usando la versión antigua de trabajar tu marca personal, no te va a funcionar… porque no puede funcionar.
*Marca personal de influences, generadores de contenido, líderes profesionales, emprededores, etc, etc.
Todo suena igual
Uno de los grandes problemas del modelo antiguo en cuanto a la Marca Personal en internet es que terminó homogeneizando a todo el mundo. Durante años, quienes trabajaban su marca personal siguieron el mismo patrón narrativo: ganchos idénticos, reflexiones calcadas de un creador a otro, aprendizajes superficiales envueltos en storytelling emotivo y una estética prácticamente intercambiable. Funcionó mientras era novedoso y pocos lo hacían. Pero cuando un mensaje se repite de forma masiva, pierde profundidad, intención y diferenciación. Al final nos dimos cuenta que todo era puro marketing, en la mayoría de los casos, la profesionalidad de la persona en el ámbito concreto, no se sustentaba sino que todo respondía a una forma muy buena (por el momento) de venderse.
Hoy, la experiencia del usuario es casi siempre la misma: distintos perfiles diciendo exactamente lo mismo, de la misma forma y con la misma cadencia. Y en un entorno tan saturado, la similitud se vuelve un enemigo directo de la conexión y se genera una falta de confianza y credibilidad absoluta. No es que la gente no quiera escuchar; es que no puede recordar nada que suene igual a todo lo que ya ha escuchado cientos de veces. Y ya no se lo cree.
Lo que está fallando no es la marca personal. Es la ausencia de pensamiento propio dentro de ella.
Cuando una marca no trae una idea nueva a la mesa, el público la percibe como una copia más del mismo manual. Y ahí es donde se rompe la conexión.
La audiencia se ha vuelto inmune
La inmunidad de la audiencia no es casualidad ni repentino de esta mañan: es una consecuencia directa de años de exposición extra a contenido repetitivo, superficial y construido desde la misma fórmula, no desde el criterio propio. El usuario de hoy no es el usuario de 2018, ni de 2019, ni mucho menos el de la pandemia que consumíamos todo sin analizar casi nada. Hemos crecido digitalmente. Hemos aprendido. Hemos visto demasiado como para reaccionar ante cualquier estímulo.
La gente, los profesionales ya no se sorprenden. No se impresiona. Y, sobre todo, no se activa ante mensajes vacíos que antes podían generar un mínimo movimiento emocional. La sobreexposición ha entrenado a toda una generación de emprendedores, profesionales y usuarios a filtrar de forma casi automática lo que no aporta nada nuevo. El scroll constante, las decenas de vídeos diarios y la sucesión interminable de consejos genéricos han generado un nuevo tipo de consumidor: mucho más crítico, más escéptico, más informado y, por tanto, más exigente.
Por eso hablamos de inmunidad.
No porque la audiencia esté cansada de aprender o de escuchar, sino porque ya no se fía de cualquiera. Y esto no es negativo: es madurez digital.
Hoy, el usuario diferencia con una precisión extraordinaria entre:
- alguien que sabe y alguien que solo parece que sabe
- alguien que piensa y alguien que solo repite
- alguien que aporta claridad y alguien que solo entretiene
- alguien que comparte experiencia real y alguien que comparte lo que ha leído en otro post
Lo más interesante es que esta capacidad crítica no es consciente: es instintiva, al igual que los niños ahora ya saben de forma automática como funciona un móvil. Es la evolución natural. La audiencia “nota” cuando el contenido es plano. Nota cuando no hay experiencia detrás. Nota cuando las palabras están vacías. Y cuando algo no vibra con verdad, simplemente no reacciona.
No estamos ante una audiencia fría. Estamos ante una audiencia evolucionada.
Una audiencia que ya no premia el esfuerzo visible —publicar cada día, hacer reels, seguir tendencias— sino el valor invisible: el pensamiento, la profundidad, la coherencia, la claridad y la voz propia.
La autenticidad se desgastó
¿Dónde está la autenticidad, lo de verdad? Pues ahora mismo, en redes e internet, cuesta encontrarla, y todos lo sabemos.
La autenticidad fue durante años el estandarte de la marca personal: “sé tú misma”, “muestra tu vida real”, “humaniza tu contenido”. Y durante un tiempo funcionó, porque realmente aportaba algo nuevo. Abría una ventana a lo cotidiano y rompía con la frialdad corporativa de años anteriores. Pero como todo lo que funciona, se convirtió en una fórmula. Y cuando la autenticidad se convierte en una estrategia, deja de ser auténtica.
Lo que empezó siendo natural evolucionó hacia una versión calculada de lo espontáneo. Todo planificado al milímetro. La vulnerabilidad se transformó en herramienta de marketing. Las confesiones íntimas dejaron de ser necesidades comunicativas y pasaron a ser tácticas de engagement. Lo “real” empezó a estar tan editado que ya no se distinguía de lo aspiracional. Y en cuanto la audiencia detectó esta disonancia, la autenticidad perdió buena parte de su poder.
El público no rechaza la autenticidad en sí; rechaza su uso instrumental. Bloquea la exageración emocional, la exposición innecesaria, las historias dramáticas que suenan recicladas y los relatos de superación que ya no emocionan porque se sienten más performativos que personales. Sobre todo, huimos de lo que no es de verdad y eso, se nota cada vez más.
La autenticidad que funciona hoy no es la que lo muestra todo, sino la que elige con criterio qué mostrar y para qué. La que respira coherencia, no guion. La que se basa en pensamiento, no en exhibición. La que se construye desde un lugar profesional, no desde un intento desesperado de conexión.
Lo auténtico que hoy conecta no es la vida, es la verdad: tu visión, tu forma de pensar, tu criterio profesional, tu forma de explicar el mundo. Eso es lo que no se puede copiar. Eso es lo que no se desgasta.
Hasta el algoritmo se ha cansado: dejó de salvar a nadie
Y en todo esto, ¿cómo ha reaccionado el algoritmo, el gran verdugo, el seguidor más inteligente?
Durante años, el algoritmo actuó como un facilitador generoso. Premió la constancia, las tendencias, la repetición de formatos, los mensajes que encajaban en el molde perfecto del contenido viral. Impulsó incluso a quienes no tenían identidad, criterio o especialización. Bastaba con seguir la fórmula.
Pero… esa época terminó.
Actualmente, a día de hoy, todos sabemos que el algoritmo ha cambiado y nos quejamos de la penalización existente. Bueno, quizás sea que es el más inteligente de todos. El algoritmo refleja, casi de forma quirúrgica, la madurez de la audiencia. Penaliza la superficialidad, la repetición y la ausencia de profundidad. Y premia aquello que antes apenas se tenía en cuenta: el contenido que retiene, que hace pensar, que se queda contigo más allá del scroll. El algoritmo ya no mide solo clics; mide intención, tiempo de permanencia, calidad percibida y conversación real.
Por eso, quienes siguen usando tácticas antiguas sienten que “nada funciona”. No es que Instagram, TikTok o LinkedIn estén en contra tuya: es que tus tácticas pertenecen a una etapa que ya no existe. El algoritmo dejó de ser un salvavidas para convertirse en un filtro. Y un filtro exigente.
Hoy solo amplifica a quienes:
- aportan pensamiento propio
- expresan ideas de forma clara y argumentada
- construyen una narrativa sólida y profesional
- ofrecen profundidad en lugar de ruido
- mantienen una identidad reconocible, no una estética intercambiable
El algoritmo ya no salva a nadie porque ya no lo necesita: la audiencia hace ese trabajo por él. Si tu contenido no sostiene atención real, no hay nada que escalar. Y si tu identidad no se distingue, no hay nada que amplificar.
¿Qué exige el usuario de 2026?
[El gran cambio comenzó a sentirse a partir de noviembre de 2025 y será durante todo 2026 cuando tendremos que ajustar nuestra forma de comunicarnos y mostrarnos si queremos destacar y llegar al público adecuado].
A partir de noviembre de 2025 empezó a hacerse evidente un giro que llevaba tiempo gestándose de manera silenciosa: el usuario ya no responde a lo que funcionaba antes – el algoritmo lo detecta – el engagement de marcas personales, empieza a caer empicado (algo que ya venía dándose durante todo el año).
No es un capricho de los programadores, no es una moda ni un “cansancio digital” puntual. Es un cambio profundo en la forma en la que los profesionales consumen contenido, evalúan autoridad y deciden en quién confiar.
Durante años, bastaba con mostrar. Ahora, es imprescindible demostrar.
Durante años, bastaba con conectar. Ahora, es imprescindible aportar.
Durante años, bastaba con caer bien. Ahora, es imprescindible hacer pensar.
Y ahora que estamos a punto de estrenar año, hay que tener en cuenta que el 2026 viene con un mensaje muy claro: la vida personal y las fórmulas pre-hechas ya no son el puente hacia la venta; el criterio, la solidez, la autenticidad y la diferenciación, sí.
El usuario pide más. Pide mejor. Pide algo que no pueda encontrar duplicado en diez perfiles más. Y su comportamiento lo confirma: dedica menos tiempo al contenido, pero más atención a quien realmente dice algo que importa.
Menos vida, más criterio
Durante años, mostrar la vida cotidiana funcionó como puente entre la persona y la audiencia. Eso ha sido la realidad. Abría una sensación de cercanía que, en su momento, aportaba frescura y rompía con la comunicación fría y corporativa de la que veníamos. Nos acercaba a las personas y eso, nos gustaba y atraía muchísimo.
Pero todo se agota cuando se exprime y en 2026, ese enfoque ya no sostiene una marca personal profesional. El usuario actual ya ha visto tantas rutinas, cafés, agendas, mesas de trabajo y reflexiones ligeras “de mercadillo” que ha desarrollado una especie de resistencia natural ante ese tipo de contenido. No porque no le interese la persona detrás, sino porque no le basta para confiar en ella.
Lo que busca ahora el público no es acompañarte en tu día, sino entender tu forma de pensar. Quiere criterio, quiere estructura mental, quiere saber cómo interpretas lo que ocurre en tu sector y qué ideas propias tienes para ofrecer. La vida genera cercanía, pero el criterio genera autoridad. Y, en esta nueva etapa, la autoridad pesa infinitamente más que el costumbrismo del día a día. El usuario quiere profesionales que aporten claridad, que tomen posición, que sean capaces de explicar por qué ocurre lo que ocurre y no solo narrar cómo transcurre su jornada. Mostrar vida nunca fue un problema, pero sostener una marca solo con eso sí lo es; ahora, lo que realmente marca la diferencia es la capacidad de pensar y compartir pensamiento.
Menos simpatía, más claridad
¿Sigue funcionando la simpatía en internet a título profesional? Quiero pensar que sí porque yo intento ser, al menos, educada, cercana y añadir algo agradable a mi comunicación. Pero es importante reanalizar el papel de la simpatía en este escenario de la marca personal actual.
La simpatía quizás un poco exagerada tuvo su peso en la etapa anterior de las marcas personales porque generaba conexión inmediata. Era lógico: veníamos de un entorno muy formal y distante (muy de banco – abogados) y acercarse al público desde un tono amable fue un soplo de aire fresco. Pero el mercado ha evolucionado y el usuario también. Hoy, la simpatía por sí sola (y creo que exagerada o mejor dicho, impostada) no mueve decisiones, no construye autoridad y no sostiene una marca profesional. La gente quiere entender, no solo sentir afinidad.
El público actual busca voces que aporten claridad, que sean capaces de desmenuzar temas complejos y de explicar con precisión aquello que otros solo enuncian. Necesita que le ordenen la información, que le den criterio, que le permitan ver un poco más allá de lo evidente. La claridad se ha convertido en un signo de profesionalidad y también de respeto por el tiempo del otro. Es un “voy al grano, pero con profundidad”.
Ser claro no te resta cercanía, ni te hace rígida. Todo lo contrario: te hace más confiable. La simpatía genera una primera impresión agradable; la claridad genera la sensación de estar ante alguien en quien realmente puedes apoyarte.
*Siempre seré una gran defensora de la simpatía en el entorno profesional pero como todo bien trabajada y que sea natural. No hay que ser serio – rancio para ser más profesional o mejor en tus tareas. No nos liemos.
Menos estética, más profundidad
Lo impecable en todos los contenidos se ha convertido en una normalidad. De hecho, si vemos un video que no está trabajado, editado y diseñado al milímetro, lo desechamos en el primer frame: vídeos perfectos, feeds equilibrados, tipografías bonitas, diseños cuidados y una estética tan pulida es desde hace tiempo una obligación.
Esto también está cambiando y hay que tenerlo en cuenta para trabajar la nueva marca personal. Lo visual importa pero está dejando de diferenciar. Todo se ve bien. Todo luce profesional. Todo suena “correcto”. Y cuando todo tiene el mismo acabado, deja de importar la envoltura y empieza a importar, de verdad, lo que hay dentro. Todos miramos “detrás de escena”.
El usuario de 2026 no se detiene por un diseño bonito; se detiene cuando una idea le interpela, cuando una explicación le aporta claridad, cuando un razonamiento le abre una perspectiva que no había considerado. Lo visual llama, sí, pero se sobre entiende. Es la profundidad lo que retiene. Y eso es exactamente lo que el algoritmo está empezando a medir de forma más precisa: cuánto tiempo permanecen contigo, cuántas personas guardan o revisitan tu contenido, cuánta conversación real eres capaz de generar.
Pero no nos equivoquemos: la profundidad no es complicación; es auténtica intención. Es cuidar el fondo con la misma dedicación con la que muchos han cuidado la forma. Es traer a la mesa tu forma de pensar, tu experiencia real, tu lectura del sector y no una colección de frases ya escuchadas. Cuando el usuario reconoce que detrás de un mensaje hay horas de observación, vivencia o análisis, se queda. Y cuando se queda, confía.
Al final, la estética genera impacto inmediato, pero la profundidad es la que construye reputación. El mercado premia ahora a quien se atreve a ir más allá del envoltorio y aporta contenido que realmente deja algo en el otro.
Menos promesas, más coherencia
El desgaste que han sufrido las promesas grandilocuentes en internet es brutal y realmente todos somos conscientes de ello. Hemos visto demasiados “te cambio la vida en 30 días”, demasiados ingresos imposibles, demasiadas transformaciones exprés que, en el fondo, nadie se cree. Estamos cansados de todo esto, pero no de aprender, sino de que nos prometan cosas que no se sostienen. La confianza, que siempre ha sido el corazón de cualquier marca personal, se está reconstruyendo ahora sobre bases mucho más firmes.
En este nuevo contexto, la coherencia pesa más que cualquier claim brillante. Coherencia es que tu discurso encaje con tu comportamiento, que lo que cuentas tenga relación con lo que haces, que tu evolución sea lógica, que tu posicionamiento se mantenga estable y que las decisiones que tomas sean un reflejo de tus valores y tu visión. Y todo esto es algo que el usuario percibe de inmediato. Ya no se deja llevar por la brillantez superficial; presta atención a cómo se sostienen las palabras en el tiempo.
La coherencia genera un tipo de confianza que ninguna promesa puede igualar. Porque no necesita adornos ni exageraciones. Se construye a base de constancia, de honestidad, de límites bien puestos y de mensajes que no cambian al ritmo de las tendencias. El público valora —mucho— a quien no intenta impresionar, sino explicar; a quien no vende milagros, sino procesos; a quien no se promociona desde el ruido, sino desde el criterio.
Las promesas seducen rápido, pero la coherencia es lo que convierte una marca personal en una referencia.
No muere la marca personal, muere el personaje
Para ir concretando y centralizando el tiro, tengamos clara una premisa: el problema nunca ha sido la marca personal como concepto. Lo que ya no funciona y está muriendo —y con razón— es la versión antigua, basada en personajes pulidos, identidades rígidas, guiones emocionales y fórmulas recicladas que durante años funcionaron porque eran nuevas, porque sorprendían y porque la audiencia aún no sabía leerlas. Ahora sí, todo eso ha cambiado. Por eso, lo que está cayendo no es la marca personal: es la construcción artificial que durante mucho tiempo se confundió con ella.
En esta nueva etapa que ya está en marcha, sobrevive quien está dispuesto a soltar el personaje y mostrarse como profesional de verdad: con criterio, con visión, con evolución, con profesionalidad y con una identidad que respira autenticidad, no artificio. La marca personal madura. El personaje se derrumba.
La pose ya no cuela
Dejemos de pensar que sabemos más de todo que nuestro receptor. Cuidado con el ego que hasta ahora ha funcionado. El usuario actual detecta la pose en segundos. Está formado, es profesional y no quiere un gurú vendehúmos, quiere ayuda y apoyo real, que le sorprenda y le aporte muchísimo valor.
Puede ser una sonrisa impostada, un mensaje demasiado perfecto, una vulnerabilidad convertida en espectáculo o un estilo de comunicación que suena a manual. La pose ya no conecta porque no deja espacio a la verdad: es rígida, repetitiva y emocionalmente plana. Las personas quieren ver a profesionales, no a intérpretes de sí mismos. Quieren escuchar pensamiento propio, no actuaciones.
La pose fue útil cuando las redes premiaban lo superficial y cuando el público aún se dejaba llevar por lo aspiracional puro. Pero ahora la madurez digital ha elevado el listón. Se nota cuando alguien busca impresionar y no aportar. Y cuando se nota, desconecta.
La repetición mata cualquier identidad
Uno de los grandes riesgos del modelo antiguo fue convertir la marca personal en un sistema de repetición. Repetíamos lo que funcionaba, lo que había dado likes, lo que parecía seguro. Mismas plantillas, mismos ganchos, mismos colores, mismos formatos, mismos aprendizajes superficiales y, al final, mismas historias una y otra vez. Lo que empezó siendo una estrategia se transformó en un molde que aplanó cualquier singularidad.
El problema es que cuando repites demasiado, la gente deja de verte. No porque no quiera, sino porque ya no ocurre nada nuevo, nada impresiona.
La identidad real no puede sostenerse en la repetición constante. La identidad vive en la evolución, en las ideas nuevas, en la capacidad de sorprender sin perder la coherencia, en la manera personal de interpretar lo que ocurre en tu sector. Y eso no se construye replicando patrones, sino aportando criterio propio.
El público reconoce cuándo una marca está viva y cuándo está funcionado en automático. Lo nota en la energía del mensaje, en el tipo de reflexión, en la estructura de la idea. Una marca que repite deja de ser marca para convertirse en un eco. Y un eco no tiene identidad: solo reproduce lo que ya existía.
Para 2026, esto es crucial: quien no aporte novedad conceptual —aunque sea mínima— desaparece en un mar de contenido idéntico. La repetición genera seguridad, sí, pero nunca genera diferenciación. Y la diferenciación es, precisamente, lo que hoy sostiene una marca personal sólida.
La narrativa caduca también es ruido
Por último tengamos en cuenta otro aspecto fundamental: la narrativa. Muchos profesionales siguen comunicando como si el entorno no hubiese cambiado, aferrados a una narrativa que en su momento fue disruptiva pero que hoy suena vieja, forzada y predecible. Historias aspiracionales que ya no emocionan, reflexiones motivacionales que no aportan nada nuevo, vulnerabilidades exprimidas hasta desgastarse y discursos de “superación personal” que se sienten más teatrales que sinceros.
La narrativa caduca no falla porque sea incorrecta; falla porque ya no responde al contexto actual. El usuario de hoy está saturado de relatos que suenan a plantilla y que no aportan profundidad. Quiere escuchar cómo piensas, no cómo decoras tus conclusiones. Quiere madurez, no dramatización. Quiere verdad profesional, no un storytelling que huele a hace cinco años.
Y cuando una narrativa no se actualiza, se convierte en ruido. Y el ruido es justamente lo que la audiencia está aprendiendo a filtrar con más rapidez. Una narrativa viva —una que se adapta, que crece, que cuestiona y que evoluciona— transmite profesionalidad y criterio. Una narrativa estancada transmite que el mensaje se quedó atrás, aunque la persona no lo sepa.
La buena noticia es que esto se puede revisar. Y que muchas marcas personales están justo en ese punto: no necesitan destruir su historia, solo necesitan actualizarla, limpiarla de artificio y volver a conectar con un pensamiento real.
¿Dónde queda tu marca personal en este nuevo escenario?
Después de todo lo que está ocurriendo y sobre todo, de lo que viene —la caída de engagement, la saturación de mensajes repetidos, la pérdida de credibilidad, el agotamiento de las narrativas antiguas y la madurez digital del usuario— surge la pregunta inevitable: ¿dónde queda tu marca personal hoy? ¿cómo trabajarla para que funcione?
Lo primero que me gustaría que todos tuviésemos claro es que no es cuestión de dejar de trabajar la marca personal, abandonarla y perder la credibilidad en el poder que tiene. Para nada es así. Tenemos que seguir mostrándonos como profesionales para conseguir clientes. Ese es el objetivo.
No hablamos de destruir lo construido ni de empezar de cero, sino de reconocer que el contexto ha cambiado profundamente y que tu marca necesita evolucionar al mismo ritmo. Puede que sigas comunicando bien, que tengas una comunidad fiel o que tu contenido sea sólido, pero si tu modelo mental sigue respondiendo a patrones de 2018-2020, es normal que notes que algo ya no encaja igual.
Este nuevo escenario no invalida tu marca; la sitúa en un punto de inflexión. Te obliga a revisar qué versión de ti estás mostrando:
Eres: ¿un personaje construido según reglas que ya no funcionan?
¿o un profesional que piensa, que interpreta, que aporta y que se permite evolucionar?
Lo que es importante que tengamos claro es que tu marca personal no está en peligro. Lo que está en peligro es seguir funcionando en automático.
Lo que está ocurriendo ahora es una invitación —casi una exigencia— a revisar tu identidad digital, tu narrativa, tu enfoque y tu forma de comunicar. Y esa revisión puede marcar el salto más importante de tu carrera en los próximos años.
Presente inmediato: marca personal en diciembre 2025
Si has llegado hasta aquí y estás pendiente de tu marca personal en internet, probablemente ya estés viendo señales claras de este cambio en tu propio contenido, en tus métricas o incluso en la forma en la que consumes lo que otros publican. Y por eso, diciembre 2025 es un momento clave y no sólo para comer dulces ricos ni para reconstruirlo todo de golpe a modo “empacho”, sino para detenerte, observar y reajustar antes de que entre 2026, el año en el que este nuevo paradigma se consolidará por completo.
Los próximos pasos no tienen que ver con publicar más, ni con cambiar tu estética, ni con “hackear” el algoritmo. No hay que tirarse a la cabeza a la IA para que nos genere una nueva marca personal sin sentido ni solidez. Eso sería volver a lo mismo y cuidado, ¡se nota muchísimo! ¿podemos dejar de crear todos la imagen típica en tonos anaranjados que hace la IA para las marcas personales? ¿En serio estamos transmitiendo contenido único – de valor y exclusividad?
El “ahora” pasa más por revisar tu marca desde dentro. Hacer uan auditoría y asesoría con criterio, distancia y profesionalidad. Con sinceridad. Con calma. Puedes hacerla tú mismo o si lo prefieres, podemos hacerlo juntos. ¿Hablamos?
Yo empezaría por hacerme estas 3 preguntas básicas: ue conviene trabajar ya mismo —en diciembre— antes de pensar en estrategias, formatos o calendarios:
- ¿Qué parte de tu comunicación actual pertenece todavía al modelo antiguo?
- ¿Qué ideas tuyas no están viéndose reflejadas en tu marca personal?
- ¿Qué estás repitiendo por inercia que ya no representa quién eres hoy?
Este no es un ejercicio de autocrítica dura, sino de claridad y autodiagnóstico. Y la claridad es el primer paso para reconstruir una marca profesional que funcione en el contexto actual.
Lo dicho, si te apetece, podemos trabajarlo juntos. Mientras, yo prometo seguir hablando – escribiendo sobre esto según conclusiones que voy extrayendo de mis estudios y análisis propios.